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Como mucha gente de la península que nunca ha estado en la isla, mi concepto de Ibiza era el de un sitio liberal, sin complejos, sin homofobia, sin machismo. Un paraíso donde liberarse y ser feliz.
Sin embargo, la bandera de la libertad ondea de forma diferente para hombres y mujeres aquí. Los gays han logrado su propia calle de bares, sus discotecas, sus fiestas en las discotecas “heteronormales”, su visibilidad. Son considerados Cool, modernos. Han hecho de la isla su lugar seguramente a costa de exponerse más, de arriesgarse.
Las lesbianas quedan fuera de esa definición de gay aquí. No tienen ni siquiera un bar, ni una discoteca, ni una fiesta en un bar ni en una discoteca. No tienen nisiquiera visibilidad pública. ¿Qué hemos hecho mal?
Al ser una recién llegada lo mío son supuestos, pero allí van. Las dos principales causas las pongo en el machismo imperante y el lesbianismo de peli porno.
En esta consideración de ser inferior cuya vida sólo cobra sentido cuando encuentra un hombre al que dedicarse, las mujeres que deciden apartarse de ese camino reciben los peores calificativos: sucia, puta, loca, perversa… y la lista sigue. En un lugar donde no importamos, donde no valemos más que como objeto-cuerpo, aquellas que no se dejan usar ni poseer por los hombres no tienen cabida.
La segunda causa, el lesbianismo de porno hetero, muestra a las lesbianas como calentorras hambrientas de sexo que recibirán encantadas a cualquier macho con polla erecta que decida de forma prepotente intervenir. Esto ha entrado tanto en esas cabecitas huecas que demasiadas veces, al pasear dos chicas de la mano o besarse en público son importunadas llegando a extremos violentos, multiplicados en el caso de que el macho se encuentre en manada. Notar que digo macho para diferenciarlo del hombre no machista, no agresivo. Obviamente acabamos prefiriendo ocultarnos que vernos expuestas a agresiones.
De esto encuentro un paralelismo a una charla con una amiga musulmana; ella usa el pañuelo y lo de cubrirse como elección propia, pero lo usa para no ser molestada por los hombres, para ser invisble a ellos. Aunque es soltera, es una forma de decir “no os acerquéis, pertenezco a alguien muy fuerte que os partirá a ostias si no mantenéis distancia”. Entonces, ¿es realmente una elección propia o es una forma de defensa a una violencia sexual-psicológica, al acoso masculino?
No lograremos más libertad ni más espacio ocultándonos, ni como mujeres ni como bolleras. Tampoco lograremos un trato igualitario sin exponernos a violencia física y verbal. ¿Hasta qué cosas estamos dispuestas? ¿Acabará siendo más fácil soñar un mundo sin hombres que un mundo sin misoginia y lesbofobia?